El Umbral Nocturno -- The Nocturnal thereshold
Relatos fantasticos por Miguel Rubies
Relatos fantasticos por Miguel Rubies
Hay historias que nacen en lugares silenciosos, donde lo cotidiano parece inofensivo… hasta que algo
cambia.
En estos relatos, ambientados en pueblos del interior, lo real y lo inexplicable se entrelazan de forma casi imperceptible. Un encuentro, una decisión, una mirada… pueden abrir la puerta a aquello que no comprendemos.
Bienvenido a un mundo donde lo extraño no irrumpe con violencia, sino que se insinúa lentamente… hasta volverse inevitable.
Some stories are born in quiet places, where everyday life seems harmless… until something shifts.
In these tales, set in small towns, reality and the unexplained intertwine almost imperceptibly. A meeting, a decision, a glance… can open the door to what we cannot fully understand.
Welcome to a world where the strange does not arrive abruptly, but emerges slowly… until it becomes inevitable.
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— Miguel Ángel Rubíes
English version available below.
ONAMI
Año 1965, Juan andaba por sus veinte años, era de mediana estatura, ojos oscuros, sin ninguna cualidad que lo distinguiera de los demás. Era un muchacho como todos.
Trabajaba como repartidor para una casa de venta de alimentos de Bell Ville, en su trabajo habitualmente se traslada en una bicicleta con una caja para llevar las mercaderías (fueron los antecesores de los actuales “delivery”). Con su vehículo circulaba por todo Bell Ville, conocía cada rincón, ya hacía varios años que tenía ese trabajo, conocía cada punto de la ciudad. Había tenido que llevar los pedidos a todas partes, así que conocía tanto a los pobres como a los ricos de la ciudad. También era muy popular, lo conocían en toda la ciudad.
Un día, sin embargo, recibe la orden de llevar un pedido a una calle que conocía poco. Le sorprendió, porque se acordaba poco de esa calle, creía que había ido una vez o no había ido nunca. Cargó las mercaderías, solo era un kilo de pan y dos botellas de vino. Se dirigió a esa calle.
Al final de la misma encontró la dirección que le habían dado. Era en una casa modesta, con un pequeño jardín al frente, las paredes de la casa con pintura descascaradas. Se dirigió a dicha casa, no tenía timbre, así que golpeó con fuerza las manos.
Al momento se abre la puerta y aparece en la misma una mujer, una joven de aparente 20 años. Era de cabello castaño, ojos verdes, piel clara, de una gran belleza.
Juan quedó anonadado cuando la vio, solo dijo:
“Buenos días, ¿para aquí es este pedido?”
“Sí”, le contestó la joven, “aquí es”.
“Un kilo de pan y dos botellas de vino”.
“Aquí están”, dijo Juan, que no salía de su sorpresa.
“Gracias”, contestó la joven.
“Hasta luego”, saludó Juan.
“Chau”, contestó la joven.
Juan quedó vívidamente impresionado por la joven, diríamos quedó “flechado” por la joven.
Así transcurrieron los siguientes días de Juan, con sus actividades normales, pero acordándose siempre de la joven, esperando que algún día le toque llevar otro pedido a ese domicilio.
Al mes Juan recibe una gran alegría, tiene que volver a llevar unas mercaderías a ese domicilio. Juan estaba exultante de alegría, podría ver de nuevo a la joven. El pedido era el mismo que el anterior: un kilo de pan y dos botellas de vino.
Ese día, con el corazón agitado, Juan se acercó a la casa y comenzó a golpear las manos. Al instante la puerta se abrió y apareció la joven.
“Buenos días, acá está el pedido”, dijo Juan.
“Buenos días, gracias”, contestó la joven.
Cuando se disponía a retirarse, Juan preguntó:
“¿Cómo te llamás?”
“Onami”, contestó la joven.
“¿Onami?”, preguntó Juan.
“Sí, ese es mi nombre”, dijo la joven.
Juan se retiró entre extasiado y sorprendido. “Bueno”, pensó Juan, “por lo menos sé su nombre”.
Los días siguientes Juan preguntó a sus amigos y conocidos, que eran muchos, por Onami, por si alguien sabía algo de ello. Pero no, nadie la conocía ni habían escuchado hablar de ella.
A la semana siguiente otro pedido de Onami. Juan pensó: “Ahora voy a poder preguntarle algo sobre ella”. Juan llevó el pedido, se lo entregó y se detuvo por un momento.
“Qué raro es ese nombre Onami, nunca lo había escuchado”.
“Es un nombre japonés”, dijo la joven.
“¿Tú eres japonesa?”, preguntó Juan.
“No”, contestó la joven, “solo que a mis padres les gustó ese nombre”.
Los pedidos de Onami fueron cada vez más seguidos, hasta ser cada tres días. Siempre lo mismo, un kilo de pan y dos botellas de vino.
Siempre Juan se detenía un rato a charlar, de temas variados, tales como el tiempo, la cosecha y los chismes de la ciudad, de los que Onami parecía estar muy enterada. Los encuentros eran breves. Onami decía “tengo que hacer” y se retiraba.
Siguió sorprendido Juan de que nadie conocía a esa joven. A esa altura Juan estaba perdidamente enamorado de esa joven, se había transformado en una obsesión. Todo el día pensando en ella.
Hasta un día, Juan tuvo la ocasión que buscaba.
Un día la joven dijo:
“Juan, ¿querés pasar a tomar algo?”
“Bueno”, dijo Juan.
Entró en la casa, era una casa con muebles antiguos, con un gran espejo en la pared y unos retratos de una persona parecida a Onami.
“Es un retrato de mi madre”, dijo Onami.
Onami sirvió una copa de vino a Juan, mientras le preguntaba de su trabajo. Cuando Juan estaba relatando todos los pormenores de su trabajo, Onami, sin decir palabra, lo toma de la mano y lo lleva al dormitorio. Ahí, luego de desvestirlo, le hizo el amor apasionadamente.
Luego le dijo:
“Ahora andá, porque estoy muy ocupada. No le digas a nadie de esto”.
Juan se retiró muy contento, aunque pensó: “¿por qué no puedo decirle a nadie?”. Pensó que tal vez sería casada o tendría algún compromiso.
Las visitas de Juan se hicieron más seguidas, hasta ser diarias. Juan, si bien estaba muy contento, empezó a sentirse cada vez débil, no solo físicamente sino también mentalmente, con dificultades para acordarse de cosas que había realizado momentos antes.
Pero no obstante la debilidad, Juan seguía concurriendo diariamente a la casa de Onami.
Los padres de Juan comenzaron a preocuparse, lo llevaron a consultar a varios médicos, pero estos no le encontraban nada. Solo le recomendaban que se alimente bien.
Hasta que un día Juan no pudo levantarse de la cama. Cuando se levantaba se mareaba y se caía. Los médicos lo internaron, pero seguían sin encontrar una causa médica de lo que le sucedía a Juan.
Entonces un tío de Juan les aconsejó a los padres:
“¿Por qué no visitan a Doña Luisa, una curandera de Justiniano Posse?”
Así hicieron, y dicha curandera, que utilizaba el péndulo, les dijo:
“Juan está fascinado por un espíritu maligno. Debe ser de algún lugar adonde él va habitualmente. Yo cortaré el mal, pero deben asegurarse que no vuelva a ese lugar jamás”.
Los padres se sorprendieron por esto y comenzaron a preguntar a los conocidos y amigos de Juan si sabían adónde iba.
Los patrones dijeron: “Lleva pedidos muy seguidos a esta dirección”.
Uno de los amigos dijo: “Siempre va a esa calle y un día lo vi entrar a esa casa”.
Los padres se dirigieron a ese lugar, y la madre conocía a la vecina del frente de Onami. Fue y le preguntó:
“¿Quién vive en esa casa?”
La vecina respondió:
“Ahí vive doña Ramona, una mujer grande, y vive sola desde hace años”.
Los padres se dirigieron a esa casa, golpearon las manos y abrió la puerta una mujer anciana, de más de 80 años.
“Buenos días”, dijo.
Los padres preguntaron:
“¿Usted lo conoce a Juan?”
“Sí”, contestó la anciana, “el muchacho que me trae los pedidos”.
Los padres no dijeron nada más, se retiraron.
Le preguntaron a Juan:
“¿Qué hacés en esa casa con esa mujer anciana?”
“No es anciana”, dijo Juan, “es una mujer joven”.
“Estás equivocado”, dijeron los padres, “es una mujer anciana”.
Juan se sintió muy confundido, pero ya su obsesión por Onami había desaparecido.
Cuando Juan se repuso, los padres le dijeron:
“Juan, nos vamos a vivir a Reconquista, toda la familia, ven con nosotros”.
Juan dijo que sí y se fue a vivir a Reconquista.
Siempre recuerda a Onami como un mal sueño.
ONAMI
The year was 1965. Juan was in his early twenties, of average height, with dark eyes and no particular feature that set him apart from others. He was an ordinary young man. He worked as a delivery boy for a food shop in Bell Ville, and in the course of his duties he usually traveled by bicycle, carrying a box in which he transported the goods—an early precursor of what we now call “delivery.”
With his bicycle he rode through the entire town of Bell Ville, knowing every corner of it. He had been at this job for several years and had delivered orders everywhere. Thus, he was acquainted with both the poor and the wealthy of the city. He was also well known—almost everyone in town recognized him.
One day, however, he received instructions to deliver an order to a street he scarcely knew. This surprised him, for he barely remembered it; perhaps he had been there once, or perhaps never at all. He loaded the goods—only a kilo of bread and two bottles of wine—and set off.
At the end of the street, he found the address. It was a modest house, with a small garden in front and walls whose paint was peeling. There was no doorbell, so Juan clapped his hands loudly. Almost at once, the door opened, and a young woman appeared—about twenty years old. She had chestnut hair, green eyes, fair skin, and striking beauty.
Juan was utterly stunned at the sight of her. He managed only to say:
“Good morning… Is this where this order goes?”
“Yes,” the young woman replied. “This is the place.”
“One kilo of bread and two bottles of wine.”
“Here they are,” said Juan, still overcome with astonishment.
“Thank you,” she answered.
“Goodbye,” Juan said.
“Bye,” she replied.
Juan was deeply impressed—one might say struck—by the young woman. In the days that followed, he continued with his usual routine, yet he could not stop thinking of her, hoping that someday he might again be sent to that house.
A month later, Juan received joyful news: he was to deliver another order to the same address. He was elated—he would see her again. The order was identical: one kilo of bread and two bottles of wine.
That day, with his heart pounding, Juan approached the house and clapped his hands. The door opened immediately, and there she was.
“Good morning, here is your order,” Juan said.
“Good morning, thank you,” she replied.
As he was about to leave, Juan asked:
“What is your name?”
“Onami,” the young woman answered.
“Onami?” Juan repeated.
“Yes, that is my name,” she said.
Juan left in a state of wonder and enchantment. At least, he thought, I now know her name.
In the days that followed, he asked his many friends and acquaintances if anyone knew of Onami. But no—no one had heard of her.
A week later, another order came for Onami. This time, Juan thought, I will ask her more about herself. He delivered the order, handed it over, and lingered.
“What a strange name, Onami. I have never heard it before.”
“It is a Japanese name,” she said.
“Are you Japanese?” Juan asked.
“No,” she replied. “It is simply that my parents liked the name.”
From then on, the orders for Onami became more frequent—every three days. Always the same: one kilo of bread and two bottles of wine. Juan would always stay a while to chat about various things: the weather, the harvest, and the town’s gossip, of which Onami seemed surprisingly well informed. Their meetings were brief; she would always say, “I have things to do,” and withdraw.
Juan remained puzzled that no one in town knew her. By then, he was hopelessly in love—she had become an obsession. He thought of her constantly.
One day, Juan had the opportunity he longed for.
“Juan, would you like to come in for a drink?” she asked.
“Well… yes,” he replied.
He entered the house. It was furnished with old pieces, and there was a large mirror on the wall, along with portraits of a person who resembled Onami.
“That is a portrait of my mother,” she said.
Onami poured Juan a glass of wine and asked about his work. As he described his daily routine, she suddenly took his hand without a word and led him into the bedroom. There, after undressing him, she made love to him passionately.
Afterward, she said:
“Now go. I am very busy. And do not tell anyone about this.”
Juan left very happy, though puzzled. Why can I not tell anyone? he wondered. Perhaps she is married, or bound by some commitment, he thought.
His visits became more frequent, until they were daily. Though happy, Juan began to feel increasingly weak—not only physically, but mentally as well. He had trouble remembering things he had done moments before.
Yet despite his weakness, he continued going to Onami’s house every day.
His parents grew concerned. They took him to several doctors, but none could find anything wrong. They simply advised him to eat well.
Until one day, Juan could no longer get out of bed. Whenever he tried, he became dizzy and fell. The doctors admitted him to the hospital, but still could find no medical cause.
Then an uncle suggested:
“Why don’t you visit Doña Luisa, a healer from Justiniano Posse?”
They did so. The healer, who used a pendulum, said:
“Juan is under the spell of a malevolent spirit. It must be tied to some place he visits often. I will break the spell, but you must ensure he never returns there again.”
The parents were astonished. They began asking Juan’s acquaintances where he had been going. His employers said:
“He delivers orders very frequently to this address.”
One of his friends added:
“He always goes to that street—I once saw him enter that house.”
The parents went there. Juan’s mother knew the neighbor across from Onami’s house, so she asked:
“Who lives in that house?”
The neighbor replied:
“Doña Ramona lives there—an elderly woman. She has lived alone for years.”
The parents approached the house, clapped their hands, and the door was opened by an old woman, over eighty years of age.
“Good morning,” she said.
“Do you know Juan?” they asked.
“Yes,” the old woman replied. “The young man who brings me my orders.”
The parents said nothing more and left.
Later, they asked Juan:
“What do you do in that house with that old woman?”
“She is not old,” Juan replied. “She is a young woman.”
“You are mistaken,” they said. “She is an elderly woman.”
Juan felt deeply confused—but by then, his obsession with Onami had vanished.
When Juan recovered, his parents told him:
“Juan, we are moving to Reconquista. The whole family. Come with us.”
Juan agreed, and he went to live in Reconquista.
He would always remember Onami as a bad dream.