EL HOMBRE DEL PARQUE
Año 1974.- Hipólito Funes hacía dos años se había jubilado del Banco de la Nación, sucursal Bell Ville. Vivía con su madre de más de 90 años en la primera cuadra de la Avda. España. Tenía 67 años y una vida, por demás, monótona, y una rutina inalterable. De lunes a viernes salía a caminar por las tardes por el Parque Tau; los fines de semana concurría a los bares a tomar café y charlar con sus antiguos compañeros de trabajo. Nada parecía alterar esa vida simple y tranquila.
Hasta que un día, 1º de abril de 1974, siendo las 17 hs., decide ir a caminar al Parque Tau. Se dirigió hasta la Rinconada, saludó a otros transeúntes que encontró por el camino, dio toda la vuelta por la Rinconada y, cuando se encontraba terminando la vuelta, de pronto le pareció ver en medio del monte una extraña piedra con inscripciones.
Entonces pensó: “Oh, es un menhir, qué raro aquí”. Se acercó a observar ese menhir, notó sus extrañas inscripciones, que parecían tomadas de un alfabeto rúnico. Pensó: “Mañana volveré a tomarle fotografías”.
Se disponía a irse cuando siente una voz a sus espaldas.
—Hola, Hipólito —escuchó.
Se dio vuelta y vio a un joven de unos 30 años, con un pequeño bigote, algo raro en esa época de melenas y barbas.
—Hola —contestó Hipólito—. ¿Quién es usted?
—Federico —contestó el joven—. Siempre te veo caminar por aquí.
—Qué raro —contestó Hipólito—, yo nunca te vi.
—Eso es porque vengo a veces —dijo el joven.
Y luego comenzaron a dialogar.
—Qué rara esta piedra —dijo Hipólito.
—Sí, es raro que haya llegado hasta aquí. Es una piedra con inscripciones rúnicas —dijo el joven.
Luego el joven comenzó a explicarle los significados de dichas inscripciones; le comentó que eran de un alfabeto celta, que tenían relación con la vida y la muerte.
Asombrado, Hipólito preguntó:
—Federico, ¿tú tienes conocimientos del alfabeto celta?
—Sí —le comentó Federico—. Claro, siempre he estudiado eso.
Luego se enfrascaron en una conversación sobre los celtas y su relación con los pueblos originarios.
Al ponerse el sol, Hipólito saludó a Federico y se dirigió a su casa.
Al día siguiente volvió a ir al lugar del menhir. Ahí estaba Federico; de nuevo comenzaron a conversar animadamente sobre los celtas y los menhires. Luego, cada día se volvían a encontrar en ese lugar, y tenían largas conversaciones sobre mitología nórdica, griega y romana. Hipólito estaba asombrado por el vasto conocimiento de su amigo.
Un día su amigo le dijo:
—Hay un mundo maravilloso en el cual solo se puede entrar de una forma; pero allí los colores tienen sonidos, los sonidos colores, y todo lo hermoso que pretende el ser humano es realidad.
Intrigado, Hipólito le preguntó:
—¿Cómo se entra a ese mundo?
—Ya lo sabrás —contestó Federico.
Los encuentros con Federico se hicieron diarios. Hipólito deja la rutina de encontrarse con sus ex compañeros los fines de semana. Cada día más interesado en el mundo maravilloso del que hablaba su amigo Federico, este dejó de prestar algo de atención al mundo que lo rodeaba.
Un día, cuando se encontraba caminando por el centro, por la plaza 25 de Mayo, se encontró con Carlos, ex compañero de trabajo, que le dice:
—Hola, Hipólito, ¿cómo estás? ¿Qué haces tanto tiempo en el Parque Tau? ¿No estarás medio chapita vos?
Hipólito sonrió y contestó para evadir el tema:
—La naturaleza me renueva, la gente me deprime.
Charlaron algunas cosas superficiales y se despidieron.
Hacía tres meses que habían comenzado los encuentros con Federico. Siempre que iba al lugar lo encontraba; cuando iba hasta una hora más temprano, también estaba ahí.
1 de julio de 1974. Fallece el General Juan Domingo Perón; se decreta duelo nacional. Hipólito, de familia peronista, se siente conmocionado y se pone en contacto con sus ex compañeros para comentar el tema. Así pasó los siguientes tres días.
Cuando de nuevo concurre a encontrarse con su amigo Federico, lo encontró ofuscado y molesto por las ausencias de Hipólito. Le dijo:
—Si no venías hoy, no me veías más. Estás por dar un paso muy importante, no lo desperdicies.
Acto seguido, sacó una pequeña botella y un vaso, y le dijo:
—Bebe de esto. Te abrirá los ojos.
Hipólito no dudó y tomó de esa bebida. A los pocos instantes, empezó a ver todo el paisaje con una belleza inefable que trascendía lo humano. Se sintió anonadado por eso, sintió gran euforia y alegría; jamás había experimentado algo así en su vida. Pero solo duró unos pocos minutos.
Federico le dijo:
—¿Ves? A ese mundo yo te quiero llevar.
Hipólito le dijo:
—¿Qué tengo que hacer?
—Para eso hay que pasar por ese trance llamado muerte.
Hipólito, impresionado por la visión que había tenido, solo pensó en hacerlo cuanto antes.
—Mañana —dijo Hipólito.
—Bueno —contestó Federico—, te esperaré.
Al día siguiente, Hipólito tomó un trozo de soga que tenía en su casa, saludó con un beso a su madre y se dirigió al parque. En el lugar indicado lo esperaba Federico.
—Hola —le dijo—. No te preocupes, morir es más fácil que nacer.
Hipólito tomó la soga, la pasó sobre una rama gruesa de un árbol, hizo un nudo en su extremo, cerró los ojos. Y cuando se disponía a hacerlo, sintió de pronto dos fuertes palmadas en la espalda y una voz que le decía:
—¿Qué estás haciendo, Hipólito?
Abrió los ojos Hipólito y lo ve a su amigo Carlos, que le dice:
—¿Qué pelotudez querés hacer?
Miró a su alrededor: no vio ni a Federico ni al menhir; se encontraba solo en medio del parque.
Sorprendido y avergonzado, le dice a Carlos:
—No sé qué iba a hacer.
—¿Y Federico? —preguntó.
—¿Qué Federico? —respondió Carlos.
—La persona que estaba conmigo y con quien siempre converso.
—Qué raro —le contestó Carlos—, siempre te vi solo. ¿Ves? Aquí no hay nadie.
Sin salir de su sorpresa, solo atinó a decir:
—Bueno, vámonos.
Y, acompañado de Carlos, se dirigió a su casa.
Hipólito jamás en su vida volvió a caminar por el Parque.
Year 1974. Hipólito Funes had retired two years earlier from the National Bank, Bell Ville branch. He lived with his mother, who was over ninety years old, in the first block of Avenida España. He was sixty-seven and led a life that was, above all, monotonous, governed by an unchanging routine. From Monday to Friday he went for afternoon walks in Parque Tau; on weekends he visited cafés to drink coffee and chat with former colleagues. Nothing seemed capable of disturbing that simple, quiet life.
Until one day—April 1st, 1974, at five in the afternoon—he decided to go for his usual walk.
He headed toward La Rinconada, greeting passersby along the way. He completed the circuit and, as he was finishing the loop, he suddenly thought he saw, in the middle of the grove, a strange stone covered with inscriptions.
He stopped.
A menhir? How strange, here…
He approached it. The surface was carved with symbols that resembled a runic alphabet. He studied it carefully.
I’ll come back tomorrow and take photographs, he thought.
He was about to leave when he heard a voice behind him.
—Hello, Hipólito.
He turned. A young man stood there, around thirty years old, with a small mustache—somewhat unusual in an era of long hair and beards.
—Hello —Hipólito replied—. Who are you?
—Federico.
—Always see you walking around here.
—That’s odd —said Hipólito—. I’ve never seen you.
—That’s because I only come sometimes.
They began to talk.
—Strange stone —said Hipólito.
—Yes. Strange that it ended up here. These are runic inscriptions.
The young man began explaining their meaning. He said they belonged to a Celtic alphabet, connected to life and death.
Amazed, Hipólito asked:
—You know about Celtic writing?
—Of course. I’ve always studied it.
They soon found themselves immersed in a conversation about the Celts and their relationship with ancient peoples.
When the sun began to set, Hipólito said goodbye and returned home.
The next day he came back.
Federico was there again.
From then on, they met every day at that same spot. They spoke for hours about Celtic culture, about menhirs, about Norse, Greek, and Roman mythology. Hipólito was astonished by the depth of his friend’s knowledge.
One day, Federico said to him:
—There is a wonderful world, and there is only one way to enter it. There, colors have sound, sounds have color, and everything beautiful that human beings long for becomes real.
Hipólito felt a shiver.
—How do you enter that world?
—You’ll find out.
Their meetings became daily. Hipólito abandoned his weekend gatherings with old colleagues. Each day he grew more absorbed in that “wonderful world” Federico spoke of, and less attentive to the ordinary world around him.
One afternoon, while crossing Plaza 25 de Mayo, he ran into Carlos, a former coworker.
—Hipólito! How are you? What are you doing spending so much time in Parque Tau? You’re not going a little crazy, are you?
Hipólito smiled, trying to deflect the question.
—Nature renews me. People wear me down.
They exchanged a few superficial words and parted ways.
Three months passed.
Federico was always there. Even when Hipólito arrived earlier than usual, he would find him waiting.
July 1st, 1974. General Juan Domingo Perón died. A national mourning period was declared. Hipólito, from a Peronist family, was deeply shaken and spent several days in contact with his former colleagues discussing the event.
When he finally returned to the park, Federico was waiting—visibly irritated.
—If you hadn’t come today, you would never have seen me again. You are about to take a very important step. Don’t waste it.
He took out a small bottle and a glass.
—Drink this. It will open your eyes.
Hipólito hesitated only for a moment, then drank.
Within seconds, the landscape transformed.
Everything shimmered with an ineffable beauty that seemed to transcend the human world. He felt overwhelmed, flooded with a joy and exhilaration he had never known before.
Then it was gone.
—Do you see? —said Federico—. That is the world I want to take you to.
—What do I have to do?
—You must pass through a trance. It is called death.
Hipólito stood silent.
—Tomorrow —he said at last.
—Tomorrow —Federico replied—. I will be waiting.
The next day, Hipólito took a length of rope from his house. He kissed his mother goodbye and went to the park.
Federico was there.
—Don’t worry —he said—. Dying is easier than being born.
Hipólito threw the rope over a thick branch, tied a knot, and closed his eyes.
Just as he was about to step forward—
A sudden blow struck his back. Then another.
—What the hell are you doing, Hipólito?!
He opened his eyes.
Carlos stood before him.
—Are you out of your mind?
Hipólito looked around.
There was no Federico.
No menhir.
Nothing.
Only the park.
—What… was I doing? —he murmured.
—What are you talking about?
—Federico… the man who was here with me.
Carlos frowned.
—What man? I’ve always seen you alone.
Silence.
Hipólito stared into the empty grove.
At last, he said:
—Let’s go.
They walked away together.
Hipólito never returned to Parque Tau again.