Bell Ville, año 1930.- El Melenudo Díaz se encontraba en sus 30 años; era alto, con algunas cicatrices en su rostro, y tenía una característica especial: siempre llevaba una melena que le llegaba hasta los hombros, algo muy raro en esa época. También llevaba entre sus ropas un cuchillo largo llamado “facón”.
De carácter reservado y taciturno, hablaba con poca gente; tenía pocos amigos. La gente le temía, no solo porque iba siempre armado, sino porque se comentaba que él había estado varios años en la cárcel, que en su adolescencia había asesinado a una persona. Algunos decían que era a su propio padre, otros decían a un almacenero; nadie sabía en realidad qué había pasado.
Él no era oriundo de Bell Ville, sino que provenía de la provincia de Santa Fe. El Melenudo vivía de las labores agrícolas, trabajaba como peón en la cosecha. Pero también tenía una actividad delictiva: era un descuidista, sabía ingresar a las casas que se encontraban sin moradores. Para eso, tenía su red de informantes, “dateros”, diríamos ahora, que le indicaban qué casas estaban disponibles para hacer una “visita”.
Un día se encontró en el almacén de ramos generales ubicado en las calles San Martín y Santa Fe, en donde concurrían todos los chacareros a hacer sus compras semanales o quincenales. Dejaban los sulkis atados afuera y tomaban un vino, ginebra o grappa con los demás, comentando las últimas novedades y temas de interés para los chacareros, como la lluvia y el precio del cereal.
Ahí se encontró con su amigo Lucas, que también era informante, quien le dijo:
—Tengo un buen dato: hay una viejita que tiene más de 80 años, que vive sola en la última cuadra de la Avda. España. Esa vieja, me han asegurado, tiene una vajilla completa de plata que trajo de Suiza. Esa vajilla está a la vista en un aparador en la cocina, y vale buen dinero. Lo malo es que esa vieja no sale nunca de la casa, así que tenés que hacerlo en algún momento que esté dormida.
El Melenudo contestó:
—Parece fácil. Si por cualquier cosa se despierta, llevo esto —señalando su facón—.
Doña Greta era una anciana apacible, que tenía 88 años. Vivía sola en su casa; su única ocupación era su jardín y huerta, que tenía muchas flores y diversas verduras. La gente venía a pedirle flores para llevar al cementerio; ella se las daba generosamente, sin pedir nada a cambio.
También la gente comentaba que sabía leer las cartas y que era especialista en astrología. Ella no lo negaba, pero decía que no tiraba más las cartas porque tuvo malos anuncios que luego le sucedieron.
El Melenudo planificó bien el robo. Averiguó que la vieja siempre dormía siesta de 14 hs. a 16 hs., así que en esas horas él debería ingresar.
Un día de verano, ya siendo enero de 1931, el Melenudo se decidió por el día en que ingresaría a la vivienda. Lo haría a las 15 hs.
Estaba seguro de que nadie lo vería a esa hora en enero en Bell Ville; no hay nadie por la calle, y la vieja vivía en la última cuadra de la Avda. España, o sea, prácticamente en el campo.
El día elegido, el Melenudo se dirigió en su caballo a la casa de la vieja. Ató el caballo a un árbol y se dispuso a ingresar a la vivienda. La casa tenía una puerta de calle; el Melenudo intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave. Luego ingresó por un pasillo del costado de la casa, que daba a un patio. Ahí estaba la puerta de la cocina, que el Melenudo abrió porque no estaba cerrada con llave.
Ingresó con mucho sigilo en la cocina; miró hacia adentro de la casa y vio a la anciana durmiendo plácidamente en su dormitorio. Luego de eso, se dirigió al aparador. Lo abrió y ahí estaba la vajilla de plata.
Esta tenía numerosas piezas: platos playos y hondos, vasos, platos de postre.
—Qué pena —pensó—, solo traje una bolsa pequeña, no podré llevarlas a todas.
En eso abrió la bolsa y, con mucho sigilo, puso un plato dentro de ella. En ese instante se empiezan a caer al piso todos los platos de la vajilla, haciendo un ruido ensordecedor.
El Melenudo no entendía nada; no salía de su sorpresa.
Cuando, de pronto, vio a la vieja, que se había levantado y lo miraba fijamente.
Entonces el Melenudo tomó su cuchillo y dijo amenazante:
—Déjeme llevarme todo y no le haré nada.
Entonces, extrañamente, la viejita respondió con una voz extraña y gruesa:
—No, usted no se lleva nada.
En ese instante, el Melenudo quiso aplicar una puñalada, pero no pudo hacerlo, porque fue detenido en el aire por algo invisible.
En esto, la viejita estaba creciendo; era cada vez más grande y alta, y le dijo con la misma voz gruesa:
—Váyase de acá.
El Melenudo estaba aterrado; solo atinó a salir corriendo de la casa, y olvidó su caballo. Corrió y corrió; nadie lo perseguía, pero el Melenudo corría hasta parar en el río.
Desde ese día, el Melenudo jamás volvió a entrar en casas ajenas, y menos de ancianas solas.-
Bell Ville, 1930.— The Shaggy-Haired Díaz was in his thirties; he was tall, with a few scars across his face, and he had a distinctive trait: he always wore his hair long, falling to his shoulders—something quite unusual for that time. He also carried, among his clothes, a long knife known as a facón.
Reserved and taciturn by nature, he spoke to very few people and had only a handful of friends. People feared him—not only because he was always armed, but also because it was said he had spent several years in prison, that in his youth he had killed a man. Some claimed it had been his own father; others said it was a shopkeeper. No one truly knew what had happened.
He was not from Bell Ville, but came from the province of Santa Fe. Díaz made his living through agricultural work, laboring as a hired hand during harvest season. But he also led a criminal life: he was a sneak thief, skilled at slipping into houses left unoccupied. For this, he relied on a network of informants—“tipsters,” as we would call them today—who told him which homes were empty and ready for a “visit.”
One day he found himself in the general store on the corner of San Martín and Santa Fe streets, where farmers gathered for their weekly or fortnightly purchases. They left their sulkies tied outside and shared wine, gin, or grappa, talking about the latest news and matters of interest—rainfall, grain prices, and the like.
There he met his friend Lucas, who was also one of his informants. Lucas leaned in and said:
“I’ve got a good lead. There’s an old woman—over eighty—who lives alone on the last block of Avenida España. I’ve been told she owns a full set of silverware she brought from Switzerland. It’s all on display in a cabinet in her kitchen. Worth good money. The only problem is she never leaves the house, so you’ll have to do it while she’s asleep.”
Díaz replied:
“Sounds easy enough. And if she wakes up… I’ve got this.”
He gestured toward his facón.
Doña Greta was a gentle old woman of eighty-eight. She lived alone, tending to her garden and vegetable patch, filled with flowers and produce. People would come to ask her for flowers to take to the cemetery, and she would give them freely, never asking anything in return.
It was also said she could read cards and was skilled in astrology. She did not deny it, but claimed she no longer read them, for they had once shown her ill omens that later came true.
Díaz planned the robbery carefully. He learned that the old woman always took her siesta from two to four in the afternoon. That would be his moment.
One summer day, in January of 1931, Díaz chose the date. He would enter at three o’clock.
He was certain no one would see him at that hour—Bell Ville lay deserted in the afternoon heat, and the woman lived at the far end of Avenida España, almost out in the countryside.
On the chosen day, Díaz rode out to her house. He tied his horse to a tree and approached the entrance. The front door was locked. He then slipped through a side passage leading to a patio, where he found the kitchen door. It was unlocked.
He entered silently.
From the kitchen, he looked into the house and saw the old woman asleep in her bedroom. Then he turned to the cabinet.
He opened it.
There it was—the silverware.
It was a complete set: flat plates, deep plates, glasses, dessert dishes.
“What a shame,” he thought. “I only brought a small sack. I won’t be able to take it all.”
He opened the sack and, carefully, placed a plate inside.
At that very instant, all the plates began to fall to the floor, crashing in a deafening clatter.
Díaz froze, unable to understand what was happening.
Then he saw her.
The old woman was standing, watching him.
Díaz drew his knife and said, threateningly:
“Let me take it, and I won’t harm you.”
To his astonishment, the old woman replied in a deep, strange voice:
“No. You will take nothing.”
Díaz lunged to stab her—but his arm stopped in midair, held back by something unseen.
And then the old woman began to grow.
She grew taller, larger, her presence overwhelming, and in that same deep voice she said:
“Leave this place.”
Díaz was terrified. He turned and ran, forgetting his horse. He ran and ran—no one pursued him, yet he did not stop until he reached the river.
From that day on, Díaz never again entered another man’s house—least of all that of an old woman living alone.